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GENERAL | por Alerta 360 Internacional

 

Psicolog�a del terrorista
Por Andr�s Silva Haro
�ltima modificaci�n: 05 de enero de 2010 | Descargar en formato PDF

 

Pensar el terrorismo es un acto complejo. Es demasiado riesgoso escribir sobre la psicolog�a del terrorismo con cierta perspectiva y sin caer bajo sospecha de frivolidad intelectual. Mucha gente vive sus d�as presa de temor a la violencia terrorista; otros pasan de la indiferencia al escepticismo y otros, como no, se alinean desde las trincheras que justifican las acciones terroristas, cuando no lo apoyan abiertamente.

 

El terrorismo, para todos, es un tema de apasionante inter�s. La espectacularidad de su acci�n, la amenaza permanente y el anonimato e imprevisibilidad de sus operaciones lo convierten en una amalgama con propiedades magn�ticas.

 

Pensar el terrorismo

 

Una multitud de factores enmara�a la labor de los analistas y especialistas. Y a esto se suman las diferencias de perspectivas de cada una de las especialidades.

 

Por si fuera poco se pretende, adem�s, explicar el terrorismo con la f�rmula m�s mec�nica posible: se sue�a con un enunciado universal o una suerte de �manual de uso� que responda al pedido m�s urgente del p�blico, l�deres y fuerzas de seguridad: simplicidad.

 

Ante esta problem�tica ingresan triunfales los ide�logos y comentaristas de masas, siempre dispuestos a lanzar ideas simples y populares sobre las cosas. En este caso, el perfil del terrorismo suele ser una simplificaci�n pasmosa que debe tranquilizar al ciudadano medio y justificar medidas burocr�tico/pol�ticas para mantener bajo control la amenaza.

 

El problema de fondo

 

Pienso que ante el desaf�o los intelectuales no podemos quedar atr�s. Un aporte desde el pensamiento debe entregar elementos de trabajo para los especialistas.

 

Sin embargo, pensar en la postmodernidad es a�n m�s complejo. En tiempos donde la tolerancia se ha convertido en una de las virtudes cardinales, el terrorismo deber�a ser el paradigma del rechazo cultural.

 

�No es el terrorismo, para estos efectos, el paroxismo de la intolerancia?

 

Las condiciones son claras: las grandes mayor�as rechazan la imposici�n de normas religiosas, �rdenes de partidos pol�ticos o dec�logos culturales. Los seguidores de las grandes religiones se erigen primero en �tolerantes� antes que en �ortodoxos�, relegando a estos �ltimos a una posici�n inc�moda y culturalmente repudiada. Las obligaciones emanadas de cualquier autoridad devienen en movilizaciones masivas en defensa de la libertad y la pluralidad. La tolerancia del Iluminismo transmut� en un valor individualista centrado en actitudes sexuales, religiosas, pol�ticas y educativas. Es un consenso curioso: porque la misma tolerancia no puede ser un�nime sino plural.

 

Pero este valor liberal entra�a su propia destrucci�n. A fuerza de permitirlo todo no se apega a nada m�s que al no apego. As�, la cultura de la tolerancia implica la p�rdida de los sistemas cargados de sentido. Asistimos a una ca�da del sentido y, por consecuencia, a una cultura sin sentido, a la deriva y con inevitables choques y contradicciones llevadas hasta la indiferencia o, en su reacci�n, a una militancia emocionada hasta la exaltaci�n.

 

No es, como se aprecia, un fen�meno originado por una conciencia de �deber� hacia los dem�s, sino un derivado de la descalificaci�n de los grandes proyectos culturales que excluye per se a los enfrentamientos religiosos, pol�ticos o ideol�gicos. Es una cultura de la autorrealizaci�n eventualmente compartida.

 

En pol�tica significar� una redefinici�n hacia un �gerenciamiento� colectivo no excluyente y socialmente eficiente. Todos dentro, cultura del bienestar y rechazo a las posturas autoritarias.

 

En religi�n se traducir� en valores compartidos, en ausencia de imposiciones y, por sobretodo, en la omisi�n de todo inter�s de conversi�n. Su acci�n: humanista y tolerante. La estructura religiosa se des-autoriza para devenir en un modelo fluido y pluralista que permita la b�squeda individual del bienestar religioso dentro del marco de la denominaci�n particular. M�s �conciencia iluminada� y menos direcci�n de almas. Es la consagraci�n del yo en el �nico altar religioso tolerable. Uno que no alerta a la buena conciencia tolerante.

 

En proyectos colectivos se convertir� en un tipo de activismo militante emocional y radical que, sin embargo, permite en su seno todas las expresiones, or�genes e intereses posibles.

 

En definitiva, se trata de priorizar el yo, no sobre la consigna voltaireana de una libertad que termina en la del pr�jimo, sino nacida de la indiferencia hacia el otro traducida en el respeto hacia las diferencias.

 

Una nueva perspectiva

 

No se trata de relativismo moral como acusan tantos. La cultura contempor�nea tiene un vigoroso acento en el valor de la libertad privada. La prueba est� en que el menor roce a este meta-valor es en�rgicamente rechazado. Y con esto, todo proyecto colectivo fundado sobre imposiciones ideol�gicas. No se explica de otro modo el furor anti-sectas que vio nacer el siglo XXI y que hoy decae por la indiferencia con excepci�n de titulares de los mass media clamando contra los esc�ndalos de la intolerancia particularmente religiosa. Es la hora del ascenso del irracionalismo y del pensamiento m�gico.

 

Si nadie es due�o de la verdad, luego, todos poseen la suya. El �nico l�mite es la propiedad personal: bienes, vida y libertad. Si la defensa propia es el valor m�s tolerado dentro de los actos violentos, la defensa colectiva contra �generalizaciones colectivas� ser� intolerable. Es la primac�a de lo relativo sobre lo absoluto, del individuo sobre la idea.

 

Si se aligeran los juicios morales, �ticos e ideol�gicos y se redefinen los permisos y restricciones, en contraparte se endurecen las medidas de protecci�n de la tolerancia. Si emergen actos vand�licos de intolerancia, las movilizaciones ser�n masivas. Es la hora del populismo, medi�tico y colectivo.

 

En este contexto el terrorismo hace su ingreso: m�s que una p�rdida de valores, dec�amos, es una p�rdida de sentido. No es un �todo vale� radical sino una equivalencia de �interpretaciones� que hacen repugnante toda violencia, autoridad y sectarismo. Se reivindica el derecho a hacerlo todo, decirlo todo, negarlo todo hasta deslegitimarlo todo en nombre de hacerlo todo leg�timo menos lo intolerable.

 

En esta escalada de incertidumbre y p�rdida de referencias, no es impredecible el surgimiento de una reacci�n de malestar in crescendo radicalizada hacia el polo opuesto. La tolerancia hacia actitudes xen�fobas es un buen ejemplo de la intolerancia consentida.

 

Pero emerge una segunda intolerancia. Una que alimentada por la deslegitimaci�n de las referencias, dogmas y autoridades, desconoce toda autoridad fuera de s� hasta fundirse con una determinada conciencia colectiva que absorbe su libertad de conciencia. En la b�squeda de una identidad perdida en el naufragio de los sentidos, surge este fundamentalismo novedoso que une la sumisi�n al dogma junto a la sumisi�n al colectivo. En su �interpretaci�n particular� se niega la autonom�a con la fuerza con que se condena al hedonismo moderno. El dogma y la sumisi�n al colectivo se aceptan con el delirio m�stico de quien recibe la revelaci�n de un l�der sectario hasta anular el uso de la raz�n y la libertad bajo la forma de la esclavitud voluntaria. Un vistazo por los movimientos engendrados bajo el ala de la llamada Nueva Era nos revela el modelo protot�pico previo al surgir del fundamentalismo. La b�squeda de la vivencia de lo sagrado que caracteriz� al movimiento pre-hippie ser� la b�squeda de sentido trascendente en el caos postmoderno.

 

Este fundamentalismo particular tiene una segunda caracter�stica notable: siempre es marginal. Es el barrio conflictivo de la gran ciudad indiferente y a salvo de la zona de riesgo.

 

El problema para la postmodenidad aparece cuando lo marginal cruza la frontera e ingresa a la zona segura.

 

Es una incomodidad, no un peligro. La cultura entera es impermeable a los anhelos reformistas de los extremos. Y por su propia naturaleza, la tolerancia ser�a muy inc�moda si no permitiese la pluralidad superficial que consiente nolen volens la diversidad para certificar su identidad tolerante.

 

En tanto, los extremos conmueven pero no operan los cambios emanados de los mandatos particulares que les dan forma y vida.

 

Es comprensible, por tanto, la urgencia de construir una suerte de �retrato robot� de la amenaza. Uno que idealmente se imprima en las cajas de leche y se fije en postes y muros, al modo de los avisos polic�acos sobre delincuentes buscados. Un retrato, idealmente, universal que permita a la poblaci�n �detectar� la amenaza en caso de verificar la descripci�n del delincuente.

 

Pero en esto los guardianes de la seguridad han fracasado y los delincuentes han burlado las vallas policiales conmocionando el coraz�n de la sociedad. Y esto inquieta.

 

C�mo construir un perfil del terrorista

 

Perm�tanme esbozar un modelo de interpretaci�n (siguiendo como marco de referencia los aportes de Pichon-Rivi�re al modelo vincular) para perfilar la psicolog�a del terrorista.

 

Para esto, realizaremos un acercamiento puramente psicol�gico. No nacemos emocionalmente neutrales: la primera forma de vincularnos con el mundo es emocional. Nacemos, por as� decir, con un agujero emocional que esperamos saciar y alcanzar la plenitud. A veces lo logramos y por instantes somos plenos. Pronto perdemos ese contacto y retornamos a nuestra carencia vital.

 

Uno de los descubrimientos m�s apasionantes de la psicolog�a moderna es la influencia de los sentimientos en nuestro pensamiento. En efecto, en un aparataje psicol�gico mucho m�s complejo, podemos decir que los sentimientos configuran nuestra percepci�n de la realidad. Sobre esta realidad censurada y exaltada, pensamos y determinamos acciones que a su vez modifican el entorno y por consecuencia nuestros sentimientos y pensamientos.

 

Fijemos esta idea para ingresar al modelo. Quiero centrar la atenci�n del lector en dos aspectos en juego: el terrorista y el poder.

 

Para el poder, el terrorista es �muchos tipos de terrorista� seg�n la forma de vincularse con �ste. Del mismo modo, para el terrorista, el poder es muchos tipos de poder. Todo depender� de la forma de vincularse entre ambos. En definitiva, hablamos en uno y otro caso, del Deseo. La forma de desear y lo que desean, ser� lo que defina la relaci�n llamada �terrorismo�.

 

Desarrollemos el concepto. El terrorista desea el poder. Se encuentra en una posici�n de carencia y procura satisfacerla. El poder se convierte en aquello que satisfar� adecuadamente su deseo. Con esto quiero descartar como primera motivaci�n las que superficialmente se aprecian: protagonismo, trascendencia ideol�gica/religiosa, aceptaci�n de sus pares, traumas infantiles no resueltos, perversiones, frustraciones no resueltas, etc.

 

En una primera evaluaci�n (emp�rica) de su carencia, el terrorista busca satisfacer una necesidad b�sica para cumplir adecuadamente los fines de sus motivaciones ideol�gicas. Se encuentra a s� mismo frente a una amplia gama de satisfactores similares ya que existen diversas formas establecidas de acci�n social en su campo (pol�tica, religi�n, activismo social, etc.) y en otros considerados �competencia� o �enemigos� donde las caracter�sticas de cada cual actuar�n como gu�as para la decisi�n de acci�n.

 

Para sus fines, el terrorista podr�a cumplir sus metas a trav�s de los tipos de influencia y acci�n ya existentes en el estado de cosas que enfrenta. El liderazgo partidista en un sistema democr�tico con fines electorales hasta acceder a una posici�n determinante por un per�odo determinado, el liderazgo espiritual en un sistema de libertad religiosa con crecientes �reas de influencia y grados de adhesi�n o el liderazgo social en un sistema de propaganda y compromiso colectivo, no aparecen como v�as satisfactorias frente a su carencia reconocida.

 

En este punto de decisi�n, el terrorista crea una imagen sobre �l y el poder (satisfactor) en el momento de acci�n. Es decir, la terrorista podr� experimentar en su mente el c�mo se ver� accediendo al poder que m�s satisface su carencia y c�mo ser� visto por su circulo social.

 

Esto es as� tanto con el terrorista particular como con el colectivo terrorista. Experimentan diversas im�genes de s� y de la mirada de su colectivo.

 

En otras palabras, un acercamiento profundo - aunque complejo - al terrorismo requiere comprender y explicar el comportamiento terrorista en funci�n de c�mo intenta relacionarse con el tipo de poder al que aspira.

 

Esta perspectiva nos permite interpretar el doble modelo del terrorismo moderno: individual y colectivo. Y tambi�n, sus acciones basadas tanto en la espectacularidad como en la eficiencia t�cnica de una guerra bistur�.

 

Siguiendo la l�gica que venimos desarrollando, si el terrorista experimenta m�ltiples im�genes de s� seg�n el tipo de poder al que accede y la mirada de su colectivo, podemos sostener que su acci�n definitiva depende de c�mo se constituye el sujeto desde un �otro�. Posibilitar la distinci�n - y explicaci�n � de la selecci�n de v�as adoptadas por el terrorismo es posible gracias a v�nculos �puros� fundamentales que permiten comprender el n�cleo b�sico que determina la preferencia del terrorista.

 

�Qu� valores, qu� ideolog�as predominantes conforman las formas de vincularse con el poder en el terrorista?

 

Trazaremos imaginariamente una l�nea divisoria. De un lado encontramos valores y sistemas ideol�gicos orientados hacia la emocionalidad. Del otro encontramos los relacionados con aspectos racionales.

 

En un primer cuadrante colocaremos el aspecto mejor estudiado del terrorismo: el grupo. El sentimiento comunitario otorga al terrorista un sentido de �pertenencia�. Las motivaciones integradas dentro de este v�nculo se enra�zan con las tradiciones, las lealtades, la continuidad, la b�squeda de consensos, etc. Es, a�n en grupos revolucionarios, una posici�n eminentemente sentimental y conservadora. Un terrorista de clase �comunitaria� se tipifica como un rom�ntico idealista de gustos cl�sicos.

 

En el segundo cuadrante es totalmente opuesto al anterior. Encontr�ndose bajo el �rea racional, los criterios para vincularse con el poder son, por as� decir, �t�cnicos�. A diferencia del cuadrante anterior, los criterios no son sentimentales ni apegados a tradiciones. La prioridad es la eficiencia de las acciones orientadas a un fin espec�fico. La causa que congrega a este grupo es la visi�n �racionalista� de la realidad, y desde all� el sentido de practicidad. Prima lo funcional. Un terrorista de clase �funcional� se tipifica como un especialista en t�cnicas de guerra que coordina acciones precisas y plenamente justificadas en funci�n al logro, a cualquier costo.

 

En un tercer cuadrante ubicaremos, dentro del �rea no emocional, los criterios orientados por la b�squeda de prestigio o status al acceder al poder. Aqu� el sentimiento comunitario otorga al terrorista un sentido de �identidad�. Su pensamiento se da en una organizaci�n jerarquizada por lo �simb�lico�. Priman los criterios de estatus, est�tica, prestigio, etc. Este vinculo primordialmente �simbolista� ofrece un modelo de terrorista idealista, de grandes discursos y profundamente jerarquizado.

 

Finalmente, en el cuarto cuadrante ubicaremos todos los criterios vinculados con el cuidado de los dem�s. El sentimiento comunitario en este caso se relaciona con la �protecci�n�. Se congregar�n aqu� v�nculos tales como seguridad, afecto, nutrici�n, salud, etc. Este conjunto vincular ofrece un prototipo de terrorista menos t�cnico y con un fuerte sentido popular, de redenci�n y protecci�n de masas. Es, probablemente, uno de los m�s abundantes en sus causas.

 

Cada uno de estos modelos no es excluyente. Cada forma de asociaci�n puede vincularse al poder con dos, tres o los cuatro cuadrantes ubicados en distintos planos de importancia tanto en el momento como con el paso del tiempo.

 

El modelo propuesto nos permite traducir e interpretar la base motivacional del terrorismo, tenga �ste las caracter�sticas que tenga. Considerando lo anterior hemos propuesto este modelo sin intentar clasificar seg�n la estructura formal, m�todos de acci�n, etc.

 

Del mismo modo, debe ser considerada la posibilidad de que un mismo n�cleo terrorista se proyecte a la sociedad y a sus pares desde cualquiera de estos cuadrantes en funci�n de sus intereses y posibilidades. Es m�s, la comprensi�n de este modelo permite la reorientaci�n permanente de las acciones y reacciones, teniendo en cuenta que no siempre podr� captar el inter�s - en el p�blico - reclamando atributos de los cuatro cuadrantes o bien, deber� responder a las necesidades de v�nculos combinatorios, siendo v�lido en estos casos tener en cuenta los valores considerados en los v�nculos que integran la combinaci�n.

 

Siguiendo con el ejemplo de los productos certificados, los mismos pueden resultar atractivos, tanto para aquellas personas que encuadran dentro del cuadrante de cuidado y protecci�n como los del cuadrante del prestigio.

 

M�s all� de lo expresado en el presente ensayo, nuestra propuesta pretende romper los paradigmas cl�sicos que existen en torno a la tem�tica como, por ejemplo, que los terroristas padecen de alguna enfermedad mental o que obedecen a m�viles econ�micos, que pertenecen a estructuras jerarquizadas o que forzosamente operan en redes. O incluso que s�lo desde una ciencia pueden ser comprendidos. El aporte de los intelectuales es urgente. Es momento de aportar argumentos s�lidos y sustento cient�fico para pensar y justificar las ideas en un mundo postmoderno. Lamentablemente y pese a la profusi�n de material publicado, las evidencias indican que la actividad de opini�n, an�lisis y estudio del terrorismo no es todo lo profesional que deber�a ser. Que sirva este trabajo para crear conciencia en quienes toman decisiones y definen el futuro de las sociedades, marcando l�mites en torno a la viabilidad anal�tica de los estudios desde el punto de vista social.

 

Por muchos a�os hemos asistido a panfletos ideol�gicos decorados como estudios donde bajo mil pretextos se disfrazan defensas y apoyos al terrorismo con la excusa de an�lisis geopol�ticos, antropol�gicos, religiosos o sociales. Hoy en d�a la realidad sobrepas� tales ficciones y el terrorismo est� sentado en la sala de visitas, prepar�ndose para tomar el caf� con los comensales antes de volar la habitaci�n.

 

El terrorismo como modelo de gobierno al estilo propuesto por Niccol� dei Machiavelli (1469 - 1527) ha dado paso a un terrorismo postmodernista, complejo e inquietante. Pero no por ello imposible de comprender ni de enfrentar.

 

 

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 Tomo n� 12 de la obra "El Terror Rojo": Escalofriante experiencia en una de las m�s atroces dictaduras militares comunistas. Laos - la tierra del mill�n de elefantes � fue sometida por Pathet Lao, con la ayuda de la URSS y Vietnam, al terror salvaje y criminal. Barbarie, pobreza, represi�n y genocidio marcan hasta hoy al pa�s con menor libertad econ�mica del mundo...

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Residentes de Minsk, "ajusticiados" con horca de parte de los comunistas por haber ayudado de alguna forma, aunque fuese insignificante, a los prisioneros de guerra. 1941.

 

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