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EUROPA | por Alerta 360 Internacional

 

El legado rojo �� l'europ�enne�
Por Andr�s Silva Haro
�ltima modificaci�n: 10 de diciembre de 2009 | Descargar en formato PDF

 

Veinte a�os antes de la ca�da del muro de Berl�n, la ideolog�a roja conquistaba las calles parisinas disfrazada de atuendos y pancartas multicolores. Veinte a�os despu�s de la ca�da del muro, los hijos - y nietos - de mayo del �68 deambulan con temor por los escenarios heredados de 40 a�os de convulsiones. O sesenta, si se quiere contar desde la traici�n de los socialistas alemanes a sus c�mplices rusos que diera inicio a la Segunda Guerra Mundial. Incluso, por qu� no, noventa a�os despu�s desde que las hordas rojas depusieran al zarismo imperial y dieran comienzo al reinado del terror rojo.

 

Psicol�gicamente, ese mayo de 1968 fija un nuevo modo de pensar y de sentir la realidad. Su revoluci�n fue, a estos efectos, mucho m�s trascendente que los sangrientos golpes de estado con que se instaur� el comunismo por doquier. Como su abuela, la revoluci�n de 1789, cambi� el rostro y las costumbres del mundo moderno.

 

Quisiera que el lector me acompa�e en el siguiente punto de an�lisis: la del �68 fue una revoluci�n que, a diferencia de las otras, no fue excluyente. No fue tanto una arremetida �contra� una clase sino m�s bien una campa�a de propaganda. En efecto, si bien su metodolog�a se expres� con la cl�sica coreograf�a roja, su modo de ser fue eminentemente l�dico, sonriente, creativo y audaz. �Prohibido prohibir�, �la imaginaci�n al poder� y otros esl�ganes genialmente trabajados en sus laboratorios de experimentaci�n psicosocial y que calaron fuerte en los dos sectores hasta el momento tradicionalmente reactivos a la agitaci�n roja: la clase media y la burgues�a medio-alta.

 

Coherente con las se�ales emitidas desde una Santa Sede en pleno furor conciliar, la nueva revoluci�n francesa afectaba a las clases dirigentes reblandecidas por un sentimentalismo social que atenazaba con el aguij�n de la culpa a los sectores m�s acomodados, avergonzados por sus diversos grados de prosperidad.

 

La nueva burgues�a, ilustrada y liberal, aplaudi� aliviada las medidas de reformas pol�ticas y econ�micas. Pol�tica y econom�a, cultura y sociedad formularon pactos y votos de avance imparable.

 

Los procesos revolucionarios tienen un aspecto curioso que hemos comprobado en cada uno de los casos estudiados en nuestra colecci�n �El Terror Rojo�: antes de tomar el poder su propaganda es sentimental y libertaria con un fuerte contenido social. Una vez controlando el poder, los que antes parec�an idealistas y amistosos devienen en una m�quina fr�a y represora que persigue precisamente lo que prometi� defender pero sosteniendo, con mayor o menor �nfasis seg�n las necesidades del momento, su propaganda.

 

Tal es el caso de las izquierdas europeas a partir de mayo del �68, con su campa�a psicol�gica que abre fuego contra la nueva burgues�a.

 

�C�mo desarticular, entonces, a una sociedad un�vocamente traumatizada con los socialismos nacionales e internacionales que derramaron su sangre y marcaron sus pueblos con tanto sufrimiento y horror?

 

En primera medida y por debajo de la revoluci�n cultural, por la econom�a. Comienza a partir de ese momento una orquestaci�n paneuropea de aumento progresivo de impuestos y restricciones comerciales tendientes a desanimar la generaci�n de riqueza y desincentivo al emprendimiento. �Qui�n querr�a asumir riesgos ante un panorama desalentador? La riqueza de las naciones, forjada a trav�s de la prosperidad de los particulares, comenz� a verse con recelo, propugnando un �estado de bienestar� que abarque todos los campos de la vida, regulando hasta los m�s peque�os campos de la actividad humana. Y, de paso, impedir que los individuos aspiren por s� mismos a ese bienestar.

 

La estrategia: promover Estados cada vez m�s grandes justificados por reivindicaciones de demandas colectivas - cuyo derecho a protesta les pertenece s�lo a la izquierda - que s�lo pueden ser satisfechas a trav�s de servicios p�blicos financiados por la estatizaci�n de la vida social y comercial a la par que con el compulsivo aumentos de impuestos, preferentemente de castigo a la riqueza.

 

Los Estados comenzaron a crecer y en torno a ellos una maquinaria formidable de instancias y organizaciones financiadas directa o indirectamente por los gobiernos, destinadas a sostener su propaganda, pol�ticas y necesidades. Millares de asesores m�s o menos coludidos con el poder de turno co-gobiernan paralelamente un Estado financista.

 

Ante eso, no podemos menos que escandalizarnos. Esa pr�tesis pol�tica - a veces lindante con el parasitismo declarado - reemplaza progresivamente el discurso del Estado expansionista, reemplazando a sus funciones no s�lo en la toma de decisiones a trav�s de las prol�feras �comisiones� sino que, por encima de todo, a trav�s de la extensa oferta de asesor�as y personal privado actuando en gestiones p�blicas, ya sea financiados directamente o subvencionados si es posible, bajo la supervisi�n de una suerte de �comisarios� estatales.

 

�C�mo financiar un Estado expansivo con semejante y creciente coreograf�a paraestatal? A trav�s de un doble cerco: restringir la actividad privada por medio de regulaciones � y consecuente burocracia inoperante - que muchas veces se acercan al absurdo y por medio de los impuestos y regulaciones laborales.

 

As�, progresivamente el empresariado se vio limitado y sus trabajadores vieron disminuidos sus ingresos � y puestos de trabajo - por fuerza de la competitividad y sustentabilidad de la empresa.

 

Fue el �esc�ndalo� de la globalizaci�n quien trajo un factor decisivo: el ingreso de productos manufacturado bajo est�ndares de tecnolog�a de industrializaci�n masiva. Calidad a menor precio fue el derrumbe de las econom�as de bienestar. Consecuente en el inter�s del proceso, la misma globalizaci�n aport� el ingreso de producci�n de mano de obra esclava procedente de las econom�as socialistas, que invadi� la oferta de consumo de los sectores con menor poder adquisitivo, minando la base de una econom�a local y mejor acceso laboral. La producci�n nacional se hizo, por competitividad, definitivamente inviable.

 

La ilusi�n del flautista de Hamelin comenz� a prender con fuerza. A medida de que se perd�a cada vez m�s la libertad se hizo cada vez m�s sonora e intensa la sensaci�n de libertad vista la variedad de oferta a precios cada vez m�s accesibles y el aumento de libertades ideol�gicas: modas, sexualidad, creencias religiosas, defensa de causas o derechos, estructuras familiares, etc. Y tambi�n de expresiones pol�ticas, si no se considera las enormes restricciones - culturales o legales - para determinadas tendencias.

 

�Libertad para todo y para todos, igualdad con todos y por todos�, fue la consigna de fondo de ese mayo franc�s. Una consigna que requer�a nuevas regulaciones y ej�rcitos de organismos - o �colectivos� - que al modo de las checas cl�sicas, fiscalicen el sometimiento a las nuevas reglas y promuevan la propaganda emanada de las altas esferas del poder real.

 

En lo social sus consecuencias saltan a la vista. Y en lo econ�mico tambi�n: cierres de empresas y de f�bricas, emigraci�n de empresarios a suelos menos hostiles y hordas de desempleados dependientes del Estado. El empobrecimiento de la riqueza nacional dio como fruto un salto dram�tico en las cifras de marginaci�n. La pobreza y la carencia de sectores de riesgo � infancia, maternidad, jubilados, etc. � comenzaron a formar parte del escenario social aumentando progresivamente hasta niveles de esc�ndalo y alarma.

 

Poco a poco Europa se convirti� en un doble mensaje de tolerancia y marginaci�n, de bienestar y de malestar. La izquierda, con su promesa de para�so social y cultural, destruy� hasta las bases a las naciones que no pudo conquistar por la fuerza y hoy el panorama europeo no puede ser m�s oscuro y triste. O s� podr�a, si se proyectan por la fuerza de los avances los resultados esperables.

 

Tal pareciera ser que, como se ha comentado con una clara visi�n del problema, el lema de mayo del �68 en realidad fue �la marginaci�n al poder�.
 

 

 

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 Tomo n� 12 de la obra "El Terror Rojo": Escalofriante experiencia en una de las m�s atroces dictaduras militares comunistas. Laos - la tierra del mill�n de elefantes � fue sometida por Pathet Lao, con la ayuda de la URSS y Vietnam, al terror salvaje y criminal. Barbarie, pobreza, represi�n y genocidio marcan hasta hoy al pa�s con menor libertad econ�mica del mundo...

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Residentes de Minsk, "ajusticiados" con horca de parte de los comunistas por haber ayudado de alguna forma, aunque fuese insignificante, a los prisioneros de guerra. 1941.

 

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