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El espejismo comunista de Hungría[*]

Última modificación: 17 de enero de 2012 | Descargar en formato PDF

 

Las tribulaciones de la familia Biro comenzaron en 1947, cuando un recién llegado ocupó la casa contigua a la barbería del padre, Tony Biro, en Vancouver, Columbia Británica. Cuantas veces Tony disponía de un minuto libre, el vecino se asomaba a la puerta y se ponía a contarle cuentos maravillosos de la vida en Hungría bajo el régimen soviético. Algunas veces el vecidno estaba armado de libros y revistas.

 

- Mira esto - decía con arrobamiento mostrando una fotografía - ¡un cuarto especial para los niños de los trabajadores en una fábrica! ¿Oíste hablar de algo parecido antes de la guerra?

 

A Tony le interesó todo aquello. Su esposa y sus dos niños habían nacido en el Canadá, pero él era oriundo del antiguo imperio austro-húngaro y aún tenía parientes en Hungría. A instancia de su nuevo vecino, Tony se hizo socio del Club de Trabajadores Húngaro-Canadienses y comenzó a asistir a las presentaciones, bailes y conferencias que allí se celebraban.

 

En una de esas ocasiones Tony oyó a José Balogh que daba una conferencia sobre la nueva Hungría. Balogh había emigrado al Canadá después de la primera guerra mundial pero había vuelto a Budapest en 1948. Poco después los comunistas lo hicieron regresar a Canadá para que pronunciara una serie de conferencias.

 

Era hombre persuasivo. Había visto el milagro con los propios ojos y ahora instaba a los húngaro-canadienses a que regresaran a la patria llevando su pericia y conocimientos, sus herramientas y su dinero. "Hungría es una tierra de promisión ¡y los necesita a ustedes!".

 

Tony vio que cada vez había más gente interesada en "regresar". En el verano de 1950 él y su mujer decidieron optar por lo mismo.

 

Tony vendió la barbería, empacó sus enseres y sacó 10.000 dólares de su cuenta de ahorros. Con Helen su mujer y sus dos hijos, Dick de 11 y Jimmy de dos años y medio, se dirigió primero a Inglaterra. El cónsul húngaro allí les permitió que conservaran sus pasaportes canadienses y les dio un "documento de viaje" húngaro".

 

En la frontera de Hungría los funcionarios comunistas estuvieron revisando y registrando sus papeles y equipajes durante dos horas. Tony y los suyos contemplaban la escena con desaliento. Nunca habían esperado encontrar las puertas del paraíso tan estrictamente vigiladas.

 

Al llegar a Budapest los Biro y otro grupo de repatriados recientes fueron saludados por Balogh con un discurso de bienvenida: "Hungría recibe con los brazos abiertos a los hijos que regresan. Si llegaren a necesitar ayuda, vengan a mi oficina. Nuestro deber es ayudarles".

 

Tony y los suyos se fueron a pasar la noche en un hotel del Estado, que les cobró $16,50 por la habitación. No habían comenzado a abrir aún el equipaje cuando un empleado les advirtió amistosamente, por vía de consejo: "¡No hablen! Aquí nadie está seguro de quién es el otro".

 

A la mañana siguiente cuando Helen bajó a pedir el desayuno, un empleado le informó en la oficina que tenía que salir a comprarlo. El empleado le escribió en un papel, en húngaro, las cosas que ella necesitaba para los niños - pan, leche, mantequilla, compota, zumo de frutas - y la envió a la tienda de víveres del Estado más cercana. Una dependiente mal trajeada le vendió allí un trozo de pan y la envió a buscar la leche a otra tienda. Las dependientes se echaron a reír y movieron negativamente la cabeza cuando Helen insistió en señalar con el dedo en su lista de palabras "compota" y "mantequilla".

 

Ese mismo día por la mañana, al depositar su dinero canadiense en el Banco Nacional, se le advirtió a Tony que no podía retirar de allí sino moneda nacional y que su dinero canadiense se le cambiaría a razón de 11 forints por dólar. A este tipo de cambio la comida más sencilla del "menú del pueblo" le costaba a Tony y los suyos más de ocho dólares.

 

Luego vino la búsqueda afanosa de vivienda. Como no encontrase ninguna, Tony se encaminó a la oficina de Balogh. Encontró la salida de espera llena de ex-canadienses, cada uno de los cuales tenía un relato de infortunios que contar. Una mujer se quejaba de que hacía varios meses que estaba buscando alojamiento. Un joven alegaba que no podía conseguir trabajo en ninguna parte porque lo consideraban "estadounidense".

 

- Usted nos prometió buenas colocaciones aquí. ¿Dónde están?

 

Balogh no podía hacer nada. Su tarea había terminado cuando engatusó a esa gente para que fuese a Hungría. Ahora no era más que un tornillo insignificante en una gigantesca maquinaria burocrática.

 

Al mes Tony y Helen se dieron cuenta de que no podían quedarse en Hungría. Cuando Tony se lo informó a Balogh, éste le dijo:

 

- ¡Scht! ¡No digas semejante cosa! ¡Puedes ir a parar a un campo de concentración! ¿Qué sería entonces de tu familia?

 

Tras eso vino la Gran Espera... que duró tres años.

 

Tony no pudo conseguir trabajo en los primeros siete meses. Al fin le permitieron que ingresara en una cooperativa de barberos, previo el pago de 50 dólares, y fue a trabajar en un cuartel de oficiales de policía. Tony era buen barbero y en Vancouver solía ganar de 75 a 125 dólares por semana. En Budapest no pasaba de un promedio de 18, de los cuales le quitaban cinco por varios conceptos, tales como suscripciones a periódicos del partido, compras "espontáneas" del bonos del Estado y cosas por el estilo.

 

Los dos grandes temores que embargaban el ánimo de Tony eran que lo arrestaran o que se le agotaran los ahorros. Su salario no alcanzaba sino a cubrir una tercera parte de los gastos de alimentación, alquiler y calefacción.

 

Helen se levantaba diariamente a las 4:30 de la mañana y se iba a la tienda más cercana a comprar la leche. Las tiendas no abrían sino a las seis, pero cuando ella llegaba siempre encontraba una cola aguardando. La gente estaba hambrienta e irritada. Cuando ocasionalmente alguna de las mujeres se desmayaba, no se le permitía que volviera a ocupar su lugar en la cola. Tenía que colocarse de última. A menudo cuando circulaba el rumor de que la carne o la harina se estaban agotando, la gente rompía la cola y se formaban fieras arrebatiñas, de las cuales solían salir atropelladas algunas mujeres que llevaban niños en los brazos.

 

La escasez de vivienda era tal que todas las casas destartaladas de Budapest, condenadas desde hacía tiempo como inadecuadas para seres humanos, se hallaban ahora más atestadas que nunca. El Estado negaba oficialmente la escasez, pero la reconocía en la práctica, al autorizar el pago de "prima de llave" al inquilino que desocupaba una vivienda, por el derecho a ocuparla... negociación en que el Estado recibía una jugosa comisión.

 

Tony "compró la llave" de un piso de dos habitaciones por 2.000 dólares y gastó 200 en reparaciones indispensables. El piso no solían calentarlo en invierno, y cuando Tony logró que le prestasen una estufilla de hierro (compradas no se conseguían), Helen se vio en la molestia adicional de hacer cola con un cubo para comprar unos pocos kilos de carbón de inferior calidad.

 

Así fueron pasando la vida, en lucha diaria para mantenerse vivos y no pasar fríos. Una vez por año se presentaba el comité del "empréstito de la paz" y les sonsacaba un mes de salario. "¿Está usted por la paz o por Wall Street?". Algunas veces había momentos de alegría: en la Navidad de 1952 pusieron naranjas a la venta... a cuatro dólares el kilo.

 

Lo que más preocupaba a Tony y a su mujer eran los niños. Cuando Jimmy cumplió cuatro años Helen lo llevó al jardín infantil. Aunque casi ninguno de los niños sabía leer, la maquinaria de la propaganda no los pasaba por alto. Había allí el conocido trío de retratos: Lenin, Stalin y el premier húngaro Rakosi. El catecismo comunista se enseñaba en palabras simples y directas: "Niños, un villano llamado Wall Street se dedica a matar niñitos y a hacer morir de hambre a sus papás y a sus mamás. ¡Ódienlo!".

 

Para Dick, la escuela fue todavía más difícil. Ingresó en ella con 11 años, suficientemente crecido para darse cuenta de la gran mentira y sentir miedo. No tardó en buscar refugio en el silencio o la simulación. Al segundo día alguien lo llamó "imperialista". De ahí en adelante se convirtió en blanco de burlas y agresiones.

 

En materia política, que era la enseñanza principal de la escuela, a Dick se le exigía aprender como verdades cosas que por experiencia personal sabía que eran falsas. El tema estaba ilustrado por dos cartelones: en uno de ellos se veía un grupo compuesto por un hombre, una mujer y un niño, extenuados y cadavéricos, mirando fijamente, con ojos en que se reflejaba el hambre, un trocito de carne. Leyenda: "Los Estados Unidos". En el otro cartelón aparecía una familia gorda y bien alimentada que representaba a "La Unión Soviética".

 

En los tres años que pasó Dick en la escuela sólo una vez vio que un niño se atreviese a contradecir las mentiras de la maestra con respecto a los países de Occidente. La maestra lo hizo callar inmediatamente y añadió esta observación significativa:

 

- Hace algunos días la policía se llevó a un niño por haber dicho algo parecido a eso...

 

Al terminar las clases los grupos juveniles celebraban reuniones políticas en que lso oradores hablaban de los "belicistas estadounidenses". Por miedo a que lo castigaran Dick participaba en los grandes desfiles que se hacían cada aniversario de la revolución soviética; y, como el resto de los muchachos del país tomaba parte en el célebre juego nacional de niños... lanzar granadas de mano. Durante esos tres años de constante conflicto interior Dick llegó a verse al borde del colapso nervioso.

 

Para Tony y los suyos todos los temores no eran nada junto al terror de la policía. Era tanto más monstruoso cuanto que formaba parte de la rutina de la vida, algo tan normal como la muerte. Se arrestaba a la gente por millares, los vecinos desaparecían y el único indicio de la suerte que corrían era el sello de los guardias en la puerta de las casas.

 

Un "Viernes Negro" en mayo de 1951, la policía dio principio a una deportación en masa de los "elementos subversivos", gente de clase media y ancianos, para aliviar la escasez de viviendas. Los camiones de la policía cerraban una calle y destacaban patrullas para recoger las víctimas de casa en casa.

 

Antes de terminar aquella operación, ya la policía había sacado de Budapest y enviado a aldeas lejanas a un número de personas que fluctuaba entre 30.000 y 40.000.

 

La mayoría de ellos se sometieron calladamente, pero oros resistieron. Afeitando a los oficiales de policía, Tony notó que muchos tenían rasguños en la cara. Uno de los oficiales le dijo:

 

- Algunas de las personas se descubren los brazos, muestran el número que les tatuaron en los campos nazis de concentración y nos gritan: "¿En qué se diferencian ustedes de los nazis?". Es un trabajo sucio, pero ¿qué puede uno hacer?

 

Los Biro nunca cesaron en su empeño de lograr que se les permitiese regresar a Canadá. En enero de 1951 acudieron a la KEOKH, o sea la división extranjera de la Policía Secreta, en solicitud de un permiso de salida. El funcionario que los interrogó les dijo que el documento para viajar que aceptaron en Londres los convertía en ciudadanos húngaros. Intentó además quedarse con los pasaportes canadienses, pero después de una discusión acalorada los devolvió. Terminó aconsejándoles que fuesen a ver al ministro del Interior a fin de obtener la declaración oficial de que ellos no eran ciudadanos húngaros. Al salir de allí Tony y su mujer depositaron sus pasaportes en la delegación inglesa para que estuviesen seguros.

 

El próximo paso era redactar un memorial para el ministro del Interior. Encontraron un abogado dispuesto a hacérselo, siempre que ellos se comprometieran a escribir a máquina lo que él redactara. "Si ellos descubren que yo he hecho eso, me arrestarán por haberlos ayudado a marcharse a Occidente".

 

La solicitud no produjo ningún resultado positivo en el Ministerio. El matrimonio dirigió unas 30 cartas a la policía secreta, al Ministerio y hasta al premier Rakosi. No recibieron contestación.

 

La tensión comenzaba a producir efectos en ellos. A Helen se le encaneció el cabello. Tony perdió peso y se puso nervioso. Además, últimamente no se había cuidado de ocultar su oposición al régimen. La familia se acostaba temiendo siempre la visita policial de medianoche.

 

Con el miedo al régimen aumentaron las dificultades de carácter económico. Los ahorros se les estaban agotando.

 

En mayo de 1953 - con la confusión que siguió a la muerte de Stalin - renacieron sus esperanzas: el ministro inglés les comunicó que el Gobierno le había asegurado estar dispuesto a permitir la salida de la familia Biro del territorio de Hungría. Después de cuatro meses de espera angustiosa recibieron un día el permiso de salida.

 

Tan pronto como circuló la noticia del próximo viaje de los Biro comenzaron a recibir visitas de gente ansiosa de comprarles sus pertenencias. A pesar de que la prensa del partido publicaba informes color de rosa acerca de la abundancia de artículos de consumo en las tiendas, la gente daba el mejor desmentido haciendo ofertas fantásticas por los vestidos viejos, la ropa de cama, las sartenes y las ollas.

 

Por fin un día tomaron el tren y llegaron a la frontera austriaca a las 11 de la noche. Un enjambre de guardias de frontera cayeron sobre ellos. El tren permaneció allí con las luces apagadas durante cuatro horas y media... mientras Tony y los suyos observaban la escena, sentados y sin decir palabra, entregado cada cual a sus propios pensamientos y temores.

 

Luego el tren volvió a ponerse en marcha. Transcurrió otra media hora y entonces un nuevo grupo de hombres uniformados penetraron en el vagón. "Son austriacos", gritó Helen. Como si ésta fuese una llave mágica que abriese el cofre de sus emociones contenidas, todos los miembros de la familia comenzaron a reír, a llorar y a abrazarse los unos a los otros. Los funcionarios austriacos vieron su alborozo con simpatía. No eran muchos los que lograban salir de Hungría, pero todos se comportaban siempre de esta manera.

 

El matrimonio Biro y sus hijos están ya de regreso en Vancouver. Con dinero que les dieron prestado los parientes de Helen compraron un salón de belleza, que ésta dirige. Tony volvió a su oficio de barbero. Dick y Jimmy asisten a la escuela y están adelantando bastante. Dick está feliz y contento, pero no quiere hablar de Hungría. Piensa que todo ha sido una pesadilla que no desea siquiera recordar.

 

Notas:

[*] De "Una familia que regresó a Hungría". En "Liberty", por George May. 1954. El mencionado autor nació en Hungría y trabajó como corresponsal periodístico en los Balcanes durante la segunda guerra mundial. Al terminar ésta regresó a Hungría y sirvió durante cuatro años la corresponsalía del Times de Londres y de la Agencia Reuters. Fue uno de los últimos periodistas que salieron de allí después de que cayó el Telón de Hierro. La imagen que acompaña al artículo es un afiche propagandístico de la "alta calidad de vida" en tierras húngaras en el período comunista detallado por el artículo.

 

 

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